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Adicciones y sociedad

El individuo con problemas de consumo, presenta ciertas características personales, pero no surge de la nada. No hay un gen,  ni un virus de la adicción, lo que nos lleva a indagar en la hipótesis de que se trata fundamentalmente de un problema social. 
La falta de autoestima, tan presente en las personas con problemas de adicción, sabemos que se origina a temprana edad y se relaciona con cómo se desarrollaron sus vínculos con las personas significativas, principalmente con la familia. Pero las familias tampoco son entes aislados, sino que están inmersas en una sociedad, en una cultura. Podemos pensar en individuos con problemas que los llevan a las adicciones, podemos considerar a algunas familias como generadoras de individuos con problemática adictiva, pero cuando ese fenómeno toma dimensiones de masividad, empezamos a sospechar que ya no se trata de un problema individual o meramente resultante de una disfuncionalidad familiar.
Las sociedades, así como los individuos, se van adaptando, van encontrando soluciones a las coyunturas. Las instituciones, las leyes, hasta las guerras y las drogas constituyen ejemplos de esas "soluciones". 
En esta sociedad posmoderna, el ser humano está solo. Ha perdido a Dios. Recordemos al personaje de "el loco" al que Nietzsche le hace recorrer las calles anunciando la muerte de Dios, una manera simbólica de llamar la atención sobre el cambio social de esta época. Pasamos de una sociedad en la que todo parece tener un orden natural, una razón, un sentido, a esta otra, en la que el ser humano debe construirse a sí mismo desde cero, sin mito cosmogónico que explique el por qué de su existencia, ni religión que le asegure su destino. La democracia surge como forma de organización social fundada sobre la soberanía del individuo, sin ningún andamiaje o soporte previo, se va armando a sí misma sobre la marcha. Las leyes universales, fijas e invariables se vuelven relativas. El ser humano carga sobre sus espaldas la responsabilidad de su destino. Paradójicamente, se ensalsa el individualismo en un mundo superpoblado. El individuo experimenta una sensación de insignificancia, vulnerabilidad extrema, de impotencia y sin sentido. Vive entre el vértigo de la libertad y el peso de la responsabilidad que conlleva. 
Podríamos decir que las drogas en particular y las adicciones en general, surgen como respuesta práctica al proceso de tener que hacerse a sí mismo (self-made-man), ahora que no existe un orden divino, ahora que la naturaleza parece poder ser manipulada a voluntad por el ser humano gracias a la tecnología, una tecnología que lo puede llevar con la misma facilidad a la construcción de una realidad mejor o a su destrucción. Lo único permanente es el cambio (Heráclito). La tecnología acelera vertiginosamente esos cambios haciendo que lo permanente sólo dure una temporada cada vez más corta.
En este contexto, la sustancia aparece como refugio de la interioridad y, a la vez, como soporte hacia la alteridad. Por un lado, la droga me permite aislarme, viajar hacia mi interior, protegerme de esa realidad alienante. Por otro lado, me ayuda a sobrellevar las obligaciones, a pacificarme, a gestionarme más aceptablemente dentro de esta sociedad. Puedo artificialmente apaciguar la angustia, estimular el humor, evitar los cambios bruscos de humor, reforzar la memoria o la imaginación, calmar las conductas agresivas, hacer desaparecer la ansiedad, amortiguar las obsesiones y compulsiones, ser "normal" y productivo la mayor parte del tiempo. 
En general, aquellas sustancias que, al utilizarlas, el individuo busca aislarse, autosatisfacerse, conllevarán rechazo social, serán consideradas ilegales y se resaltarán las consecuencias nefastas en la desestructuración del individuo y el impacto en la sociedad. Por el contrario, las que sean utilizadas para mejorar la sociabilidad, la adaptación social, serán aceptadas, consideradas legales, se destacarán sus virtudes y las ventajas de su utilización, se evitará referirse a sus posibles efectos no deseados. Legales o ilegales, sus efectos sobre el organismo es similar, por lo que la legalidad o ilegalidad de una sustancia tiene más que ver con cuestiones morales, sociales, políticas y económicas.
Morales: aquello que consideramos el bien o el mal
Sociales: lo que fomenta o perjudica el desarrollo social
Políticas: dentro o fuera de control formal
Económicas: Rédito por la comercialización formal
Adicciones y sociedad de consumo
La sociedad actual se sostiene por la producción y consumo de bienes y servicios, no siempre imprescindibles o necesarios. Se crea primero una necesidad para luego comercializar aquello con lo cual satisfacerla. La persona debe trabajar en la producción de esos bienes y servicios a fin de ganar lo necesario para poder consumir. En el extremo, vive realizando tareas inútiles para poder consumir productos inútiles en su afán de hacer algo, escapar de la infelicidad, buscar la comodidad, satisfacer sus caprichos personales, buscar autoafirmación o hasta satisfacer sus hábitos coleccionistas. El individualismo por sobre el bien común. Mientras se masifica, el ser humano aumenta su ilusión de individualidad.
Así como en otras épocas, quien se oponía a la tendencia imperante era sentenciado al exilio, en esta sociedad consumista, quien no consume puede quedar fuera del sistema. Por el contrario, parecería que quienes abusan del consumo serían los más adaptados a esta sociedad.     
Entonces, el consumo y abuso de sustancias psicoactivas sería sólo algo más de todo lo que el individuo consume en estos días. Hoy las sustancias se encuentran disponibles para cualquiera que desee consumirlas. Pero no sólo con sustancias se alcanzan similares efectos, por ejemplo, es bien conocida la conducta de salir de compras en busca de un efecto antidepresivo o ansiolítico. 
Por lo tanto, si se desea atacar de raiz el problema de las adicciones, no basta con contarle a los adolescentes los efectos nocivos de las sustancias, no basta con atacar o regular la fabricación y distribución de sustancias psicotrópicas ilegales, no basta con la abstinencia del consumo de estas sustancias. Se trata de un problema de profunda raiz social. La solución real pasa por el desarrollo y crecimiento de cada individuo en valores universales para que, en conjunto, podamos constituir una sociedad mejor, inclusiva y solidaria.

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